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Salud, la palabra errónea

18 de Febrero de 2009 - Por Al Gallo

Casi siempre, cuando los médicos, políticos, periodistas y representantes de las compañías farmacéuticas mencionan la palabra ‘salud’, en realidad quieren decir enfermedad, atención médica o promoción y suministro de medicamentos.

Esto no debería ser motivo de preocupación si quienes están vinculados a estas actividades tuviesen un conocimiento adecuado en lo que se relaciona con la salud. No lo tienen. Cuando las autoridades gubernamentales y los políticos se refieren la salud, usan esta palabra equivocadamente, ya que hablar de enfermedades, intervención médica o algún tipo de reparaciones corporales sería más apropiado. Esto se debe a que la idea de la salud es más atractiva que una condición asociada con dolor o cualquier otra cosa que nos produce una sensación desagradable en el cuerpo.

Salud es algo que deseamos disfrutar y nos interesa propagar para beneficio de nuestra familia, amistades y el resto de la comunidad. Lamentablemente, el problema es que la salud no se la podemos comprar a un médico o a un vendedor de medicamentos; lo único que podemos obtener de ellos es un alivio pasajero, o quizá la sensación de que podremos continuar. Esto no significa que hemos adquirido o restaurado nuestra salud; simplemente, hemos sido emparchados. Si gozamos de buena salud a esos profesionales no los necesitamos. 

A principios de la década de los ochenta, estando de vacaciones conduje mi automóvil desde Sydney hasta Melbourne para disfrutar algo de descanso y esparcimiento, luego de un año de intenso trabajo físico. Mientras caminaba por las calles de Melbourne sentí repetidamente entumecimiento y cosquilleos en los brazos y las manos. Durante mi viaje de vuelta a Sydney, el mero hecho de sujetar el volate se transformó en una dolorosa experiencia. Prontamente luego de mi llegada, fui a ver a un médico que diagnosticó artritis en el cuello y me recetó un medicamento antiinflamatorio.

Pasaron los días y mi afección empeoró a tal punto de que no podía dormir. Fui nuevamente a ver al doctor y esta vez me recetó unas pildoritas, asegurándome que me permitirían descansar confortablemente. No experimenté una gran mejoría y por cierto tiempo seguí visitando al médico para que me diera nuevas recetas, con la esperanza de que cada visita sería la última. Un día le pregunté a este facultativo hasta cuando debería seguir el tratamiento. Su respuesta no dio lugar a dudas: “Permanentemente” me dijo. Sentí como si me hubiesen tirado un balde de agua fría. Esforzándome por ser cortés le di las gracias, salí del consultorio y me encaminé hacia la cercana biblioteca pública. La tradicional aceptación de lo que dicen los médicos, sacerdotes o periodistas, de un modo u otro no satisfacía mi instintivo escepticismo.

El ambiente tranquilo de la biblioteca suburbana de St Mary’s en Nueva Gales del Sur, se convirtió en mi nuevo mundo de descubrimientos. Había una fila llamada ‘Salud’ que parecía un imán esperando por mí. El título del primer libro del estante superior era ‘The Health Revolution’ (La Revolución de la Salud), algo llamativo con la sugerencia de que la lucha y la guerra en cierto modo tenían algo que ver con lo que yo asumía era un estado de paz disfrutado por todos sin ninguna clase de dudas. Este libro me sirvió como introducción a un mundo donde la salud significa algo más que un estilo de vida gobernado simplemente por la rutina de llenar nuestros estómagos con cualquier comestible que tengamos al alcance de la mano e ir al doctor cuando no nos sentimos bien.

Esto ocurrió hace 24 años y fue la última vez que he recibido una receta médica. Mi enfermedad fue rápidamente eliminada al adoptar el hábito de comer alimentos que son compatibles con las funciones del cuerpo. El causante de las desagradables reacciones en aquella oportunidad parece haber sido sensibilidad al glutamato monosódico presente en comidas que consumía regularmente.

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